martes, 1 de mayo de 2012

-/-12:04-/-


Que me quiebro
Me rehago
Me desgasto
Me rebusco
Me restaño las heridas con ron y una balada

Me restriego los ojos
Me reinvento
Me reparo
Recaigo
Me tropiezo
Vuelvo y no me hayo

Te llamo en silencio
Te busco
Te rebusco
No hay reencuentro

No concilio el sueño
No me reconcilio con morpheo

No hay arreglo
No hay encanto
No hay voz
Ya no hay canto
Sólo llanto.

viernes, 13 de enero de 2012

-/-Cuando Badb llama a la puerta-/-

Hay que amarrar a Hecate, hay que realizar a un conjuro para que desaparezca el Poltergeist, para que la presencia en el hombro que te insta, que te pide, que necesita  satisfacer el deseo de devorar  lágrimas, carne, hueso y sangre se retire. A veces golpearlo directamente en el rostro no es suficiente; a veces amarrar a Hecate no basta porque se siguen escuchando sus gritos “¡quiero sangre!” (Cito a  la loca) y ensordecen. Despierta la estulticia y esa sí que sufre de insomnio: es incansable, infalible y antropófaga.
                                       
Mis conjuros favoritos son “me doy la vuelta y me voy” o “no le hago a los demás lo que no quisiera que me hagan a mí”. Pero ni el más racional podría resistirse cuando el cuervo de guerra se cierne sobre el campo de batalla  a pedir cabezas. Badb llama. Es  una cuestión de tiempo: eventualmente la estulticia se va a cansar y se preparará para el suicidio. La muerte implica renacimiento. Al morir la estulticia renacen el logos y la phronesis.  Y si hay suerte, aparece entre bombos y platillos el perdonum maximus.
Es cuestión de tiempo. Pero al tiempo  no siempre lo tenemos en las manos.  Personalmente, sólo en los momentos en los que la estulticia golpea más fuerte, en que Hecate se desgarra la garganta a gritos,  empiezo a creer  que la Biblia es un libro de consejos muy útiles. Aquí les presento mi única salvación en momento de crisis, el candado de la puerta. Espero a alguien le sirva igual que a mí:

“Dios, dame la serenidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar;
Valor para cambiar las cosas que puedo; y sabiduría para conocer la diferencia.
Viviendo un día a la vez;
Disfrutando un momento a la vez; 
Aceptando dificultades como el camino a la paz;”

lunes, 12 de diciembre de 2011

-/-Conversando con Érebo-/-

El hombre per se está dominado por razón y locura. Logos y estulticia. Los monstruos y los demonios existen: somos nosotros y nuestras pasiones, nuestros tormentos, dolores, angustias y pesares, que vuelven recurrentemente al reino de Hipnos para espantarnos. “El sueño de la razón produce monstruos” nos contó Goya. Mientras la razón duerme, los monstruos atacan. Qué esperanza quedará para los que sueñan despiertos ¿No? Seguro los atacan las keres.
Para los griegos, el hecho de sobreponerse a los demonios era sinónimo de sabiduría, de virtuosidad. El virtuoso era aquel que hacía acopio de la templanza, dominando las bajas pasiones, controlando a la auriga antes de que se descarrile y se vuelquen las ideas.  Allí sí que no va a aparecer ningún  Daemon que las recoja y las vuelva a poner en orden.  Los virtuosos eran los que no le paraban a la perra de Ananké cuando se levantaba las faldas. Al menos eran más virtuosos que el pobre de Cronos. El tiempo se tiró lo inevitable.
Definitivamente, fueron los griegos quienes patrocinaron los primeros estudios de postgrado referente a la Phronesis, eso que hoy en día llamaríamos “saber morderse la lengua”. Lástima que aun quedan personas que no se han tomado la molestia de apuntarse en dichas clases. Deberían meterse monedas de oro en la boca y san se acabó. 
¿El sentido de tanta reflexión sobre las virtudes, la prudencia, etc. etc.? Porque quiero y puedo. El correcto uso de la prudencia y del auto-control, del conocer  los propios límites y comprender que donde terminan los tuyos, comienzan los de los demás, ronda mi mente desde hace algunos días. Debería echarme unas vacaciones por el Partenón. Claro, cuando se acabe la crisis en la tierra del domador de bestias.

viernes, 2 de septiembre de 2011

-/- 4:45 -/-

 Tenía una botella de sangría en la mano. Estaba desnuda y él leía “La Reina” de Neruda. Se acurrucó aun más en las sábanas “Hay más altas que tú, más altas” Cerró los ojos y sintió la mano de él sobre su vientre, descendiendo “Hay más puras que tú, más puras” Quiso levantarse, pero la volvió a empujar a la cama “Nadie ve tu corona de cristal” Comenzó el mareo. Media botella que se iba entre sus labios y su pecho “Y cuando asomas suenan todos los ríos de mi cuerpo” Aun con los ojos cerrados, lo sintió levantarse “Sólo tú y yo, sólo tú y yo, amor mío” sintió un peso cálido sobre ella “Yo te he nombrado reina”.

martes, 30 de agosto de 2011

-/- 1:05 -/-


Al muerto hay que enterrarlo

Sin mucho llanto y mucho rezo.

Adornar la casa con lirios y coronas de flores
Darle el pésame a la viuda
Prender velones, poner el vaso de agua

Acercarse a la urna y observar dentro
Percatarse de que tú eres el muerto

Lo pasado se queda en el hueco
Aunque se trate
De ti mismo.